COMIENZOS DE LA CONGREGACIÓN

El P. Tejero, sacerdote del Oratorio de S. Felipe Neri de Sevilla, nacido en la provincia de Soria, en un pueblo muy cercano a Numancia; comenzó desde la parroquia de S. Roque a dar catequesis por los Corrales (casas de vecinos) sevillanos. Estas catequesis tuvieron una gran extensión, llegando a formarse una Congregación de Catequistas, cuyo reglamento aprobó el Obispo en 1865.

Las catequistas llegaron hasta la sala María Magdalena del Hospital Central o de las Cinco Llagas (hoy sede del Parlamento). Allí las jóvenes que tenían enfermedades venéreas por haber ejercido la prostitución, recibieron estas catequesis y las exhortaciones del P. Tejero; con lo que alguna de ellas deseó abandonar la prostitución, planteándole a dicho padre el no tener un lugar al que ir cuando saliesen del Hospital.

Los intentos de encontrar colocación a dichas jóvenes fueron infructuosos; por lo que, en Julio de 1859, ayudado por una de sus catequistas, el P. Tejero abre la Casa de Arrepentidas en la Calle Jamerdana, donde un notario les había cedido una pequeña casita.

Esta catequista se llamaba Rosario Muñoz Ortiz, natural de Marchena. M. Dolores Márquez nació en Sevilla, aunque gran parte de su juventud la vivió en Constantina, de donde regresó dispuesta a entrar en un convento de clausura al morir sus padres y los hermanos de él, a quienes ella cuidó. En el confesionario de la Iglesia de S. Felipe conocería al P. Tejero, que la orientaría hacia la obra que acababa de comenzar.

Aumentó el número de jóvenes que ingresaban, se trasladaron a la calle Bustos Tavera y después a la de San Felipe. Poco más tarde, al crecer el número de acogidas y de Señoras que las atendían (ya entonces las jóvenes llamaban Madres a Rosario y a Dolores), debido a los deseos de Dolores de ser religiosa, y a las dificultades que les ocasionaba el que la gente pensara que se trataba de un prostíbulo, decidieron formar congregación religiosa.

Nuevamente se trasladaron de casa, (siempre de alquiler); esta vez se trataba del convento de San José, en el que estuvieron varios años. Pero los ingresos que obtenían de su trabajo (talleres de costura y bordado, lavandería, fábrica de sillas de anea, etc.) eran insuficientes para el pago del mismo; por lo que tras muchos esfuerzos y finalizada la revolución de 1868 que expulsó a los padres Filipenses de Sevilla, les fue cedido por el gobierno este Convento de Santa Isabel, al que llegaron en 1869.

Una vez aquí pudieron abrir escuelas gratuitas para las niñas pobres, además de realizar la obra de acogida de las jóvenes que deseaban abandonar la prostitución, aprender un oficio y salir convertidas en personas nuevas, y la de acogida a las señoras que deseaban hacer ejercicios espirituales.

La congregación, tras varios años de formación en Sevilla se extendió a lugares como Jerez de la Frontera, Córdoba, Antequera, Málaga, Cádiz (quince años mediaron desde 1859 en que se fundó y 1874, en que se abrió la casa de Jerez de la Frontera).

Durante el siglo XIX y parte del XX, las acogidas se distribuían en tres secciones, según el tiempo que llevaban en la Casa y sus propias disposiciones. Eran las Admitidas, Convertidas y Penitentes. Estas últimas profesaban en la Orden Tercera de S. Francisco, permaneciendo en la Casa hasta que fallecían. De ellas conservamos muy entrañables recuerdos y ejemplos de santidad oculta y silenciosa en la humildad, el trabajo, la oración y el sacrificio.

En la Casa, sobre todo en los comienzos, Madres y Acogidas formaban una familia, compartiéndolo todo (lo bueno y lo escaso, pues casi siempre tenían la comida muy escasa). También se les enseñaba a leer, escribir, etc. y aprendían un oficio en los talleres, que tenían el doble objeto de formación de las jóvenes y de posibilitar un medio de subsistencia para ellas.

Los cambios históricos han modificado también nuestra obra, aún permaneciendo siempre en la labor de acogida y educación de la juventud y niñez más necesitada.

Se ha pasado últimamente de estos centros mastodónticos, propiciados por la postguerra, a unos Hogares funcionales que intentamos se asimilen lo más posible a una casa de familia; siendo la convivencia familiar uno de los principales medios para el mejoramiento de estos niños y niñas y jóvenes, con graves deficiencias afectivas y sociales. Con esto hemos vuelto a esa vida de familia que hacían M. Dolores y M. Rosario con las jóvenes y que tan buenos resultados dio.

Además trabajamos con mujeres gestantes y/o con hijos, que se encuentran en situación de exclusión social. Las acogemos y acompañamos mientras encuentran un hogar propio y un trabajo que les permita llevar una vida digna a ellas y sus hijos/as.